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Vicente Torres
Lunes, 6 de abril de 2015

La mala baba

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Me refiero a una persona concreta, pero es evidente que de lo particular se llega a menudo a lo general. Es decir, es posible que haya más gente así.

Me refiero a una persona más que roja, rojísima, o sea, de esas que teóricamente piensan en los demás. Ya se sabe, los de izquierdas son más solidarios, mientras que los de derechas piensan en sí mismos. Pero cuando pienso en rojos y azules mis recuerdos se van invariablemente al trinquete, en donde presenciaba tiempo atrás las partidas de pelota valenciana. Juliet de Alginet era un sabio. Se colocaba con mucha antelación justo en el lugar al que iba a ir la pelota. El Ferreret de Museros hacía las delicias de los niños. Sus arranques de genio enfervorizaban al público. Primero se ensuciaba la camiseta tirándose por el suelo para llegar a las pelotas y luego se la desgarraba. Sin camiseta parecía un Tarzán. Lo de Rovellet era aristocracia. Mandaba la pelota a la galería aparentemente sin esfuerzo. Devolvía todas las pelotas que se le mandaban, por difíciles que fueran, sin despeinarse. Supongo que el color de la faja de cada bando, azul o rojo, se sortea antes de empezar. Pero me he ido por las ramas, en homenaje a Carlos Pajuelo, sin duda, que lo hace sin perder nunca de vista el tronco. He de regresar al rojo de la persona de la que hablo.


Muestra una erudición digna de encomio y su educación puede catalogarse como exquisita, salvo que llega un momento en que uno se da cuenta de esas exquisiteces están destinadas a un público concreto. El elitismo tiene poco que ver con la solidaridad, pero a ciertas alturas uno ya está acostumbrado a los encajes de bolillos. Eso de ser solidario, pero elitista; rojo, pero azul; etc.


Llegó un momento en que alguien cometió un error de esos de Internet. Cada espacio de la vida tiene sus errores propios. Los carniceros tendrán los suyos; y los farmacéuticos; y los veterinarios (sé de uno que le mano en el culo a un burro y se le quedó el reloj dentro); y los presidentes del gobierno (Adolfo Suárez encumbró a Fernando Abril Martorell); etc. La persona a la que me refiero aprovechó el error para poner en evidencia su bilis. Ni comprensión, ni perdón, ni nada que se le parezca. Se trataba de un error que otras personas seguirán cometiendo en el futuro, sin que apenas tenga trascendencia.

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