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Enrique Arias
Jueves, 29 de octubre de 2015
A contracorriente

¿De qué viven los ex cargos públicos?

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El acuerdo de eliminar el Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid deja son sueldo ni prebendas a los ex presidentes madrileños, Ruiz-Gallardón y Joaquín Leguina. Pero no son los dos únicos ex cargos públicos que han seguido viviendo tan ricamente de órganos perfectamente prescindibles. Sin ir más lejos, en Valencia existe una institución homóloga que da de comer al ex presidente Francisco Camps.

Bien está no dejar a la intemperie a quienes han sido altos servidores públicos. Pero, ¿es que ninguno de ellos sabe ganarse la vida por su cuenta? Y, sobre todo, ¿por qué ese concepto de beneficiarios del presupuesto abarca a una legión de ex ministros, diputados, alcaldes, consejeros autonómicos, diputados provinciales, delegados del Gobierno, secretarios de Estado…y hasta a los meros ex dirigentes internos de los grandes partidos?

 

La turbia razón política es que para desembarazarse de altos cargos, a fin de poner a otros en su lugar, hay que dar cobijo a los primeros: para así evitar motines, asegurar fidelidades y esperar a que hagan lo propio con uno cuando se lo quiten de encima.

 

Por eso funcionan tan mal los organismos politizados, desde el Tribunal Constitucional al de Cuentas, pasando por el de Defensa de la Competencia o la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Y esa tupida red de instituciones benéfico-asistenciales para políticos amortizados llega hasta las Academias de la Lengua en las Comunidades plurilingües.

 

Ése también, y no otro, es el motivo por el que no desaparece el Senado o se modifica su funcionamiento. La Cámara Alta y el Parlamento Europeo son los lugares idóneos para colocar a políticos en decadencia: 10 ex presidentes autonómicos y 6 ex ministros se sientan en el Senado con desconocimiento, en la mayoría de los casos, de sus presuntos electores.

 

Por si ello no bastase, un entramado de grandes empresas —muchas de ellas privatizadas— da o ha dado sueldo, dietas y otras gabelas tanto a políticos señeros, como Aznar o Felipe González, como a otros menos conocidos por la opinión pública. Pero esto último, como decía el escritor británico Rudyard Kipling, es ya otra historia.  

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