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Vicente Torres
Jueves, 29 de octubre de 2015

Cosas útiles

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Andaba por la calle aprovechando el paseo para meditar en mis cosas, como siempre, cuando me dio por pensar en Parra (apellido sonoro), nacido en Oliva, que tuvo que aliarse con Olivas (que suena tan suave que invita a pensar en el aceite) y unos cuantos más, para que ahora podamos decir: ¡Adiós Bancaja! ¡Adiós Banco de Valencia!

Claro que también es justo decir que hubo espectadores de excepción: Barberá (cuyo sonido recuerda a un redoble de tambores, o a un toque de corneta al amanecer, y luego ya nadie puede conciliar el sueño), y Camps, también en plural, como Olivas (y es extraño que no hayan patentado ese nombre para hacer trajes). También había otros por los alrededores. ¿Se enterarían de algo? ¿Tendrían curiosidad por lo que sucedía?


Pero tampoco estaban estos solos. ¿En qué estaría pensando Puig? ¿Escondía la márfega debajo del peluquín? Ribó (y hay uno que hace sopa al que le gusta recordar que es de Manresa) que quizá la camuflaba en el sillín. Se sienta sobre ella, a lo mejor. Oltra la estaría lavando, pero no la márfega sino la Señera, y acaso echando lejía en el azul. No sería extraño.


Fue entonces cuando llegué a la plaza de la Virgen. La gente se arremolinaba alrededor de la Puerta de los Apóstoles, en donde como cada jueves, a las doce, se iba a celebrar la sesión del Tribual de las Aguas.
Hay cosas, pensé al verlo, que son tan útiles, incluso como recuerdo, que nadie osa terminar con ellas, a nadie se le ocurre intentar arramblarlas. Justicia milenaria, sentencias que se acatan. Y dicen los catalanes que nos parecemos a ellos...


Llegué a la calle del Miguelete en donde una pareja de novios aprovechaba uno de los olivos para hacerse fotografías. El ayudante del fotógrafo sacudió la cola del vestido de la novia, para que cayera lisa, dejando a la vista las bragas por un instante. La novia sonrió picarona a quienes se las habían visto.

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