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Enrique Arias
Martes, 31 de enero de 2017

“Posverdad” y mentiras

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“Te reenvío este WhatsApp que me acaba de llegar. A lo mejor lo que dice no es cierto, pero por si acaso te lo envío”.

¿Quién de nosotros no ha recibido en la red mensajes semejantes a éste? Según él, lo importante no es que algo que se transmite sea verdad o no, sino su singularidad, emotividad o posibilidad de certidumbre. Es lo que ahora se llama posverdad: el que las opiniones o creencias personales acaben teniendo más trascendencia que los meros hechos objetivos.


Vivimos, en suma, una realidad hipotética, virtual, falsificada, donde resulta irrelevante el que un suceso sea cierto o no; basta simplemente con que resulte verosímil y, sobre todo, que el receptor del mismo se lo crea.


Al igual que usted, yo tengo varios chats en grupo que, en principio, respondían a necesidades colectivas pero que se han convertido en un vaciadero de inexactitudes, confusiones y mentiras. Un día sí y otro también recibo mensajes con noticias a cuál más peregrina, cuya falsedad me resulta obvia pero que mis corresponsales (médicos, abogados, arquitectos, periodistas…), pese a su inverosimilitud, se creen a pies juntillas. A veces, con la misma estolidez con la que me los mandan, los refutan minutos después: “Acabo de enterarme de que es mentira”.


Eso, en el mejor de los casos.


Este escenario está modificando radicalmente las relaciones sociales. El conocimiento. La política. Lo sucedido justifica, en parte, que se esté poniendo todo en cuestión: desde las instituciones políticas hasta las verdades científicas. Dentro de poco afectará hasta a la ley de la gravedad.


Por eso, porque en el fondo da igual la verdad que la mentira, porque acudimos a las fuentes menos fiables para verificar la exactitud de lo que nos llega, se está produciendo el terremoto político que ha llevado el brexit a Gran Bretaña, que ha izado a Trump a la presidencia de Estados Unidos o que puede conducir a Cataluña a una república intervencionista y endogámica, manipulada por una minoría.


El problema no es menor, por consiguiente. Vivimos en una sociedad que nunca ha tenido más información que en el presente, pero en la que jamás dicha información ha sido más falsificada y pervertida como ahora.
 

 

Enrique Arias Vega

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